Acompañado, acompañados, acompañando.

Llegamos casi sin tiempo, casi sin aliento, porque en esta vida todo lleva el tiempo de los hombres, y nosotros que somos de Él, anhelamos Su tiempo, el de Dios que tantas veces no sabemos ver.

Bendecidos  en familia, siguiendo el tirón que el corazón te marca, cuando sabe de lo bueno, llegamos a la comunidad  Casa de Nuestra Señora de Lourdes de las Hermanas Franciscanas Alcantarinas. Las prisas fueron desnudadas con el calor del encuentro, de quien conocíamos, de quien desconocíamos, todos imbuidos en un olor presente, el de la sencillez evangélica del pequeñuelo de Asís.

Un encuentro profundo, que nos llevó de lleno a conocer cómo  acompañado, siendo dos en uno, por la vocación al amor en mi otro, fuimos acompañados creciendo con la fuerza que nace de la oración, para acompañar. En el regalo que llegará o que está, don inmenso de la vida que en plenitud nos embriaga con los hijos.

No fue lo mejor llegar a un encuentro que olía al calor de hogar, no lo fue descubrir nuevos hermanos que caminan para seguir, porque hasta ahora poco o nada hemos hecho. Ni siquiera el sabor dulce del reencuentro. Quizás lo mejor fue descubrir un encuentro que nos acompañó a todos: la familia.  Y pensar que la vocación del matrimonio, llena de los dones de la vida, puede crecer junta en un encuentro en familia, con familias que llegan, y otras que ya están…esa oportunidad fue lo mejor.

Una riqueza buscada, acompañados por la Hermana Agustina Sor Patricia, que nos dejó… ¡impactados! Porque llegó con la fuerza de quien camina en verdad, de quien desborda ilusión y entrega, de quien atesora el tiempo de su propia formación para darlo a los demás. Talentos que dan fruto, fruto en abundancia. Al servicio del Señor. Nos descubrió el camino para ser acompañado, la importancia de conocerse, de confrontar, de dejarse interpelar, de hacerlo a la luz de la fe, en la mirada del otro. Nos ilusionó con hacer vida en nuestra vocación de amor de pareja esa fuerza de verse acompañados, ahora ya dos, ahora ya uno, ahora ya sintiendo la verdadera fuerza de ese amor, que nace de Él. Y nos dejó a las puertas de ver lo que no puede obviarse, acompañando, a nuestros hijos. Nadie da lo que no tiene. Aprenden lo que ven, no lo que decimos que hagan. Acompañar a nuestros hijos en el camino de fe, de vida, de esperanza en la felicidad cierta. Y lo demás, lo demás será superfluo. La vida nace del corazón que ama, acompañarles –siendo acompañados- para que sean felices, compartiendo nuestro don más preciado, la fe.

En un camino paralelo, otro regalo casi aún mayor. Nuestros hijos, disfrutando siendo cuidados con entrega. Juntos, ellos los más cercanos a Jesús, jugando, bailando, cantando… disfrutando de un encuentro en el que no fueron para estar porque no podían quedar en otros sitio, sino que fueron porque eran parte principal, ¡la más! Y como familia vivieron un encuentro a su ritmo vital, haciendo amigos, acompañados, descubriendo desde la fe que crece en la mirada de un año, hasta la que se asoma a la adolescencia con catorce. En todos el Señor se asoma, y quiere que les acompañemos para que ese fruto prenda. 

Y todos juntos, ya en comunidad, compartiendo los tiempos en los que reponíamos fuerzas, distendidos, disfrutando de una acogida como solo se siente estando en tu propia casa. 

Tejido el encuentro, en la oración. Siendo el eje vital que templó el encuentro, acompañando la liturgia de las horas, la adoración del Santísimo en familia y concluyendo en la fiesta de la eucaristía antes de partir, a las prisas de nuestro mundo, pero con la calma de quien nos acompañó, para acompañarnos, enviándonos a acompañar.

Una vez más, nuestros hermanos menores han cuidado de nosotros. 

 Don de Dios, ¡gracias! Gracias, Fray Salva, por ser ejemplo de vida para nosotros.

¡¡Gracias!!